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Silencio y agitación

Dice Juan Villoro que una historia bien contada siempre termina con un silencio estremecedor. Hace un mes J. y yo nos sentamos, muy desprevenidos, a ver Boyhood. Sabíamos que era una buena película y que había conseguido un premio, pero sólo teníamos una idea vaga de su argumento. El caso es que la echamos a correr y durante las tres horas que duró yo contuve la emoción varias veces. Cuando la cortina de los créditos comenzó a rodar en la pantalla, nos quedamos envueltos en ese silencio al que se refiere Villoro. Uno de los dos, no recuerdo quién, tomó el control remoto y apretó el botón de stop. Seguramente dijimos algo, alguna palabra suelta, pero pasó mucho rato hasta que pudiéramos comenzar a hablar de lo que habíamos visto.

Es curioso ese silencio: el silencio de la agitación interior. Se parece mucho al ruido sordo que anuncia un temblor, pero lo que se sacude, en este caso, somos nosotros. Cuando el movimiento ha pasado y la lámpara en el techo ha dejado de moverse, lo que vemos es un pequeño desastre y no nos queda otra opción que comenzar a reordenar el mobiliario de nuestra cabeza. Me gusta pensar que lo estremecedor de ese silencio es el ruido que hacemos mientras corremos los muebles y los ponemos en su lugar.

La antropóloga francesa Michèlle Petit, que tanto tiempo ha dedicado a comprender el trabajo que la lectura hace en nosotros, dice que “una de las mayores angustias humanas es la de ser caos, fragmentos, cuerpos divididos, de perder el sentimiento de continuidad, de unidades”. Nos contamos historias como una forma de combatir esa angustia. Construimos relatos como un modo de ordenar el caos del mundo. Es un ejercicio reparador, dice Petit, porque facilita el sentimiento de continuidad. Ese silencio estremecedor que sentimos después de ver, leer o escuchar una buena historia es justamente el momento en que ese relato hace su trabajo y se teje con nuestra biografía de un modo misterioso.

Han pasado muchos días desde que J. y yo vimos la cinta de Linklater. Durante este tiempo hemos visto otras películas y hemos leído también algunos libros: nos hemos sometido al efecto de otras historias. Pero yo, por alguna razón que probablemente tiene que ver con mi propia biografía, arrastro el silencio que me dejó Boyhood como un recuerdo latente que se dispara a la menor provocación. Ahora mismo, por ejemplo, mientras trabajaba en mi computador, concentrado en un asunto de números, puse una lista de Spotify y sonó “Hero”, de Family of the Year, uno de los temas de la película. La canción me paró en seco. ¿Qué ha pasado para que ese estremecimiento se extendiera hasta aquí, como si fuese la tardía réplica de un sismo? Son las consecuencias de un relato bien contado, supongo. Le pongo oreja a la melodía y pienso que la historia de ese niño que se hizo grande cobijado bajo el cariño torpe de sus padres tiene algo más que decirme.

Categorías: Crónicas

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2 Comentarios

  1. Hace varios años que sigo tu blog. Admiro la simple exposición de hechos, emociones y las fuentes, siempre atingentes, con que de vez en cuando fundamentas tu opiniones o impresiones. Un agrado leer esta reflexiones y algunos de los libros que has comentado. Felicitaciones. Stgo!

    • Gracias, Santiago. Es una alegría saber que hay alguien que tiene la costumbre de pasar por aquí. M.

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