La Tercera publicó el martes una nota titulada “Chile es el país de la región donde menos se lee voluntariamente”. El dato duro tiene como origen un estudio del Cerlalc, organismo dependiente de la Unesco: sólo el 7% de los chilenos leería por gusto. Se trata de una cifra absurdamente mal interpretada.

La nota fue ampliamente compartida y comentada en las redes sociales y sirvió para rasgar vestiduras, una vez más, en torno a la falta de hábito lector entre los chilenos (un deporte nacional: hoy jueves, una carta al director publicada en el mismo diario insiste en el tema). Podemos acusar a los periodistas que escribieron la nota de hacer una lectura irreflexiva de los datos (ese 7% nuestro frente al 70% de argentinos que leen por gusto, ¿no les pareció extraño?), pero el verdadero origen del problema está en el estudio del Cerlalc. Voy a intentar explicar el error.

Leen por gusto quienes leen sin tener la obligación de hacerlo. En general, son personas conscientes de la importancia que tiene la lectura y se procuran espacios y tiempos para leer, independiente de la regularidad con que lo hagan. Leen por gusto quienes toman un libro casi todos los días (lectores frecuentes) y leen por gusto quienes sólo lo hacen durante las vacaciones (lectores ocasionales).

Leer por gusto y leer por obligación son caras de una misma moneda. Para efectos estadísicos, podríamos separar a los lectores en estos dos grandes grupos que, a su vez, podrían contener otros subgrupos. Quienes leen por obligación podrían hacerlo por razones académicas o laborales, por ejemplo. Quienes leen por gusto podrían hacerlo para informarse, para divertirse o porque quieren elevar su nivel cultural. Todo esto, insisto, sólo para efectos estadísticos, porque las prácticas lectoras son complejas: seguramente a usted le pasa, como a mí, que a veces lee por obligación y a veces lo hace por gusto, y no hay ciencia estadística que pueda dar cuenta de eso.

Las cifras que dio a conocer el Cerlalc buscan comparar índices de lectura de varios países que cuentan con estudios nacionales relativamente recientes: Argentina, Brasil, Colombia, Chile, España, México y Perú. En lo personal, y conociendo algunos de esos infomes, advierto que existe un amplio listado de asuntos muy problemáticos que me harían desistir de cualquier intento por comparar estudios metodológicamente distintos. Sin embargo, en el asunto que pretendo aclarar, me parece, es posible sacar algunas conclusiones comparativas.

El informe español, Hábitos de lectura y compra de libros en España 2011, divide a lectores en dos tipos, los mismos que mencioné más arriba: quienes leen en el tiempo libre (o sea, por gusto) y quienes leen por trabajo y/o estudio (o sea, por obligación). Del universo total de españoles encuestados, el 57,9% lee en su tiempo libre y el 20,1% declara leer por razones de trabajo y/o estudio.

Para tener una idea sobre las motivaciones de lectura más recientes de los lectores encuestados, el estudio español incluye la pregunta “¿Por qué motivo leyó su último libro?” y entrega seis opciones: por entretención, por mejorar el nivel cultural, por estudios, por consulta, por trabajo o por otras razones. El 85% de los lectores encuestados marcó la primera opción. Y justamente es ésta una de las cifras que el Cerlalc interpreta mal cuando sostiene que el 85% de los españoles lee por gusto, confundiendo la respuesta a una pregunta sobre motivación con el concepto más amplio de gusto por la lectura. Nótese, además, que se trata del 85% de los encuestados que se declaran lectores y no del 85% del conjunto de encuestados.

Las cifras para Chile que analiza Cerlalc son las que arrojaron el Estudio sobre Comportamiento Lector que hizo el Centro de Microdatos de la Universidad de Chile. Este estudio también incluye una pregunta similar sobre las motivaciones de lectura y es justamente respondiendo a esa pregunta donde el 7% de los lectores encuestados declara leer por “recrearse o divertirse”. Cerlalc interpretó eso como “gusto por la lectura” sin detenerse a mirar que, dos páginas antes, el estudio chileno, al igual que el español, muestra el universo de lectores separados en los dos grandes grupos: quienes leen por gusto y quienes leen por obligación (68 y 56%, respectivamente, aunque en este caso son porcentajes relativos al total de lectores y no, como en el caso español, al total de encuestados).

Aunque me llama la atención la falta de rigor del Cerlalc en este caso, es legítima y necesaria su aspiración de contar con análisis comparados de los índices de lectura en el continente. Con los datos que se tienen es muy difícil ensayar listados de los mejores y peores países en tal o cual índice. Un paso previo imprescindible es la discusión y la búsqueda de consensos internacionales en las metodologías utilizadas.

Addenda. Solicité al Cerlalc el estudio completo y me lo enviaron. Lo pueden bajar acá [pfd, 650K].

 

Es oportuno el artículo que  Enzo Abbagliati publicó ayer. El CNCA encargó un estudio sobre el IVA en el libro y, en ese contexto, es importante discutir sobre medidas, cifras e impactos de una eventual eliminación o reducción del gravamen. Pero tan importante como eso es también apuntar las cuestiones simbólicas que hay detrás de un tema que es sumamente emblemático y que no se acaba en la discusión técnica. No nos olvidemos de que Chile era una país sin impuesto al libro hasta diciembre de 1976 y que fue la dictadura de Pinochet la que instaló el gravamen, en un momento en que miles de chilenos eran perseguidos, torturados o exiliados, las editoriales allanadas y la prensa disidente acallada. En ese contexto, ese simple mecanismo tributario, instalado por decreto, fue una herramienta más de control y censura.

Como si fuese un curioso artefacto en desuso, recupero más abajo el texto de la ley que eximía a los libros de pagar impuesto. Es una pequeña maravilla de composición legal porque, como verán, coloca a la lectura al mismo nivel de elementos tan vitales como la leche y el agua.

Cuando Chile no tenía impuesto al libro, ésta era la norma que regía esa exención:

[Estarán exentos de impuesto:] Pan, leche, sea en estado natural, desecada, condensada, evaporada o en polvo, alimentos de sustitución láctea; agua potable, frutas y verduras frescas, papas, cebollas, ajos, trigo, maíz, porotos, lentejas, garbanzos, arvejas, arroz, huevos, ganado, aves, sal, harinas de cereales o de legumbres; carne fresca, congelada o deshidratada; pescado, algas marinas, mariscos y crustáceos frescos y congelados destinado al consumo humano, excepto ostras, langostas y centollas; textos y cuadernos escolares, libros, diarios y revistas destinados a la lectura.

 

De acuerdo a los datos del Estudio de Comportamiento Lector que dio a conocer hace algunos días el Centro de Microdatos de la Universidad de Chile, el 27% de los chilenos que compran regularmente libros tiene como primera opción adquirirlos en ferias y persas y un 4% en el comercio ambulante. Esto significa que una de cada tres personas que compran libros en Chile lo hace informalmente. Puesto de otro modo, uno de cada tres chilenos no paga IVA cuando compra un libro. No podemos saber si esos libros son nuevos, usados o pirateados.

Esta cifra podría corregirse ligeramente al alza si consideramos al 6% de las personas que declara comprar sus libros en tiendas de libros usados que, aunque pertenecen al comercio formal y están obligadas a vender con boleta, por lo general evitan el trámite. Sí, claro, porque en Chile los libros usados pagan IVA, pero los autos de segunda mano, no.

En relación al comercio formal, las librerías establecidas son por lejos el lugar preferido por los chilenos a la hora de comprar sus libros (un 52%). Le siguen los kioscos (7%), las librerías de viejo (el 6% mencionado),  las editoriales (2%), las grandes tiendas (1%) y los supermercados (1%).

 

El diseño de una política pública debiera estar —uno supone— siempre respaldado por un buen diagnóstico. Si ese diagnóstico se apoya en estudios recientes, cifras frescas y perspectivas nuevas, tanto mejor.

En el ámbito de los índices de lectura y comprensión lectora en Chile, contábamos con algunos datos más o menos dispersos arrojados por encuestadoras locales y organismos internacionales, pero hasta la fecha ninguna institución del Estado se había empeñado en un estudio como el que conocimos la semana pasada.

Más allá de los resultados —un material exquisito para quienes tienen vocación por rasgar vestiduras—, el Estudio sobre Comportamiento Lector que el CNCA encargó al Centro de Microdatos de la Universidad Chile, salda una deuda con la estadística en esta materia y se convierte en diagnóstico y punto de partida. Lo realmente importante ahora es evaluar de qué modo estas cifras servirán de insumo para las políticas públicas orientadas a mejorar las habilidades lectoras de los chilenos y cómo, en sentido inverso, esas políticas impactarán de vuelta en las cifras. Hasta ahora, el Gobierno coordina esas iniciativas bajo el alero del Programa Lee Chile Lee.

El estudio, que se replicará cada dos años, tiene varias virtudes, como la de medir la actividad lectora en diversos medios y soportes. Me interesa ahora destacar, sin embargo, el vínculo que establece entre la actividad lectora y el desarrollo de capital humano, un vínculo positivo que no ha sido bien discutido —mucho menos en jerga económica— y que sólo ha estado presente en los discursos políticamente correctos con los que se suelen abordar y adornar estas materias. Lo cierto es que, como este estudio lo demuestra, la capacidad lectora está correlacionada positivamente con los salarios, lo que se traduce en un círculo virtuoso de beneficios económicos, tanto individuales como colectivos.

Dice Esteban Puentes, uno de los investigadores responsables del estudio:

La conclusión más importante del estudio es que pasar del nivel 3 al 4 en la escala de desempeño del comportamiento lector, aumentaría el ingreso por hora en un 7,6%, indicando que la capacidad lectora puede afectar el crecimiento económico a través de aumentos en productividad en el mercado del trabajo.

En este punto, no debiéramos pasar por alto que la desigualdad en el acceso al capital humano está en la base de las demandas sociales de las que hemos sido testigos durante el último año. El movimiento estudiantil ha demostrado que tanto o más importante que las desigualdades en los ingresos son las diferencias en el reparto del capital cultural. En la medida en que hay una demanda común, creo que el debate sobre políticas de promoción de la lectura debiera orientarse en el mismo sentido en que se orienta el debate sobre el acceso a una educación pública gratuita y de calidad.

De paso, queda dicho que la próxima implementación del Estudio sobre Comportamiento Lector será antes de dos años, cuando la campaña presidencial esté viviendo los descuentos. Aunque es un despropósito esperar cambios sustantivos a esa fecha, es medianamente sensato, si las iniciativas se implementan correctamente, aspirar a leer un ligero avance en las cifras. Nunca un retroceso.