Es una buena noticia, un paso adelante y una señal positiva. Luciano Cruz-Coke lo adelantó hace algunos meses y ahora ya sabemos que —punto a favor del ministro— el anuncio era algo más que buenas intenciones. A través del portal Mercado Público, el CNCA está licitando un estudio sobre el impacto que tiene el IVA en la industria editorial local. Es primera vez que un organismo de gobierno persigue levantar datos sobre este asunto, de modo de despejar dudas y mitos y entregar insumos para el análisis. Y es que justamente una de las dificultades para poner este tema en la agenda pública, y discutir en serio, ha sido la falta de información rigurosa.
Estudiar el impacto del IVA en la industria del libro es coherente con el ánimo de la gestión de Cruz-Coke de poner énfasis en la cultura como sector productivo y diseñar políticas que favorezcan el consumo y el acceso de los bienes culturales a través del mercado.
Como es esperable, las premisas del estudio están ya contenidas en las bases técnicas de la licitación. La primera es la que recién comentaba: la carencia casi absoluta de estudios y cifras regulares sobre el libro chileno. En nuestro país malamente sabemos cuántos títulos se editan al año; no tenemos idea de cuántos se importan y exportan ni cuál es el volumen de negocio de la industria. Incluso los datos sobre compras públicas de libros están en un terreno más bien opaco. La segunda premisa es que las cifras son justamente un insumo básico para el diseño de políticas públicas.
El estudio persigue un objetivo fundamental: analizar el impacto que tendría una rebaja o eliminación del IVA en el consumo de libros. Pero también se trata de lograr objetivos específicos que son relevantes, como estudiar los modelos de fijación de precios, el papel del precio en la elasticidad de la demanda (el quid del asunto), analizar los efectos de las políticas tributarias que han implementado otros países y adelantar el debate de la aplicación del IVA a los libros electrónicos. Tan importante como lograr esos objetivos será también el volumen de información que se recoja y que debiera quedar disponible para quien quiera consultarla.
Si la licitación no se declara desierta, tendremos resultados en unos cinco o seis meses. Con los datos sobre la mesa, el CNCA debiera tomar una posición sobre la materia. Y ahí podría comenzar otra historia. O no.
La buena nueva salió del departamento de prensa de Amazon y se demoró apenas algunas horas en aparecer en los portales de noticias de todo el mundo. John Locke, un escritor independiente, autor de novelas de misterio, logró vender en cinco meses la friolera de un millón de copias electrónicas de sus libros a través de Amazon, sin necesidad de un agente o un sello editorial. ¿Su estrategia? Además de harta pierna en sus portadas, un precio módico: 99 centavos de dólar.
Aunque Locke parezca sensato y confiese no tener ambiciones literarias, con seguridad la noticia ha colmado de entusiasmo a los miles… perdón, millones de grafómanos con un manuscrito rechazado bajo el brazo: todos podrían ser John Locke. Todos pueden eventualmente cumplir el sueño de ser una estrella literaria brillando en el cielo de Amazon.
En la era de la edición electrónica, el camino del self-made literario está trazado. ¡Quién necesita un editor que evalúe tu manuscrito y que se tome largos meses para decirte “no, lo siento”! Olvídense de los editores: el mejor partner en ese camino al estrellato será una plataforma electrónica de autopublicación que, por cierto, no cometerá el desatino de corregirte una sola coma. Y aunque no creo que para Amazon signifique un gran negocio (a menos que existan muchos John Locke), sí se estará aprovechando de la incontinencia verbal, la pretensión desmedida y el afán de figuración pública de muchos seudoescritores que no podrán evitar ver su nombre colgando de la tienda electrónica. Para todos ellos –¡no faltaba más!– Amazon y el mismo Locke se han encargado de publicar la receta del éxito, por sólo 6,99 dólares.
Dos preguntas sobre el programa “Lee Chile Lee” que quedaron formuladas en una entrada anterior de este blog se han ido despejando. En primer lugar, habría una fecha de partida. “Debiera lanzarse alrededor de mayo”, dijo al pasar el ministro Cruz-Coke en una extensa entrevista que publicó el domingo el diario El Mercurio. El programa, que se encuentra en etapa de diseño, debiera entonces estar listo en un par de meses.
En segundo lugar, hay noticias sobre el misterioso estudio de línea base que también mencionamos en esa entrada. De acuerdo a la información disponible en el portal Mercado Público, el CNCA ya contrató al Centro Microdatos de la Universidad de Chile para implementar lo que, según las bases de la licitación, se conocerá como “Primera Encuesta Nacional de Lectura y Consumo de Libros”, un estudio que, de cualquier modo, resulta imprescindible para conocer el punto de partida del programa de fomento lector y medir su impacto.
De acuerdo a esas mismas bases de licitación, se esperan tres productos en un plazo de ocho meses. Primero, una encuesta de comportamiento lector a nivel nacional que pueda responder “qué, cómo, cuándo, cuánto y para qué leen los chilenos”. Segundo, un estudio de línea base que cruce los datos sobre desarrollo econónico y lectoría, en el entendido de que ambos están relacionados y que Chile, en el contexto de la OCDE, tiene unos índices de lectura que no son coherentes con sus niveles de ingreso. Tercero, una prueba de compresión lectora, que mida esta capacidad entre los chilenos.
El Centro Microdatos hará 1200 encuestas de lectura y 864 pruebas de comprensión lectora que, por cierto, suponen definiciones teóricas, construcción de instrumentos de medición, trabajo de campo y análisis. Según la orden de compra emitida el 11 de febrero pasado todo eso cuesta $ 62.150.000.
[Fragmento del texto publicado en la revista española Trama & Texturas número 14, dedicada a analizar los desafíos de las librerías en el entorno digital]
Nunca antes la industria del libro se había preocupado tan poco de lo que es y, al mismo tiempo, había especulado tanto con lo que será. Pensar el futuro del libro es la consigna de moda, detrás de la cual marchan en primera línea quienes buscan un lugar en esta industria, seguidos de cerca por los adivinos de ocasión que han hecho de las predicciones un oficio más de la plaza. El presente, que importa poco, aparece sacudido de problemas que no estén inspirados en la incertidumbre y existe en la medida en que da señales de un futuro que, dice la línea de vanguardia, será digital o no será.
Sospecho que este diagnóstico es compartido por muchos en España, pero tiene tanto más sentido si advierto de entrada que hablo desde América Latina. Aunque sigo con mucha atención el debate sobre futuro del libro en la era digital, me cuesta ponerlo por encima de los problemas del presente. En este continente tenemos un pobrísimo intercambio editorial entre nuestros países, sin contar la tremenda desigualdad en la balanza comercial entre España y América Latina, los pésimos índices de lectura y la falta de políticas públicas que promuevan sostenidamente la industria local. Chile, mi país, es uno de los pocos del orbe que mantiene un altísimo impuesto al libro (19%), tenemos una legislación obsoleta, no contamos con cifras que den cuenta de la industria y nuestro nivel de profesionalismo es más bien bajo. Yo preferiría hablar de un futuro del libro que lejos de esconder los problemas del presente los asumiera como parte de un debate integral.
Hecha esa advertencia sigo con una confesión: me gusta pensar en la especulación como en un juego que tiene la virtud de provocar y encender una ludopatía que lejos de apostar al puro azar pone sus fichas en el coraje intelectual. Acepto entonces, con cierto placer culpable, el desafío de imaginar los libros y las librerías que vendrán. No puedo dejar de mencionar, al pasar, que este juego de la imaginación tampoco es inocente y que, de cualquier modo, entiendo el futuro del libro como un campo en disputa.
Soy editor, librero y un lector desprevenido la mayor parte del tiempo. Me entusiasman y defiendo las virtudes de Internet, en especial su capacidad de democratizar el acceso al conocimiento. Leo libros en papel y admiro, sin esconder una sana envidia, el buen trabajo editorial, pero también consumo mucha información sobre la pantalla de mi computador y traigo regularmente en la mochila un Nook con un surtido de contenidos más o menos abundante. Me defino como un lector multisoporte como muchas de las personas que conozco en mi librería. No soy un romántico del papel y puedo confesar sin incomodarme que hay muchos libros que hubiera preferido leer en versiones electrónicas, porque son objetos muy pesados, porque están mal encuadernados o simplemente porque hubiera querido aprovechar la aplicación de lector electrónico para coleccionar citas del texto. Y aunque es evidente, vale la pena consignarlo: soy también un cliente multicomercio, consigo libros lo mismo en la librería que en una tienda de usados, a través de una descarga desde el sitio de Barnes & Noble, encargándolos a Amazon o sobornando a algún amigo que viaja fuera de Chile.
Mi experiencia como librero y mi práctica como lector se complementan y son el mejor argumento para defender lo que es para mí una convicción: la era digital no supone la desaparición de las prácticas tradicionales de lectura sino que las amplía. En otras palabras, el futuro del libro será un espacio de convivencia entre prácticas análogas y digitales. Qué contenidos serán análogos y digitales, o cuáles puramente análogos y cuáles sólo digitales es una cuestión que irá resolviendo el mercado. El caso es que el invento de Gutenberg ha demostrado ser tecnológicamente resistente a la obsolescencia porque tiene ventajas evidentes sobre cualquier cacharro conocido, por lo pronto, puedes tomar un libro de tu biblioteca y cargarlo en tu mochila ¡sin necesidad de utilizar un cable USB!
En la medida en que las prácticas de lectura, los soportes y las plataformas de distribución de contenidos se amplían el que gana es el lector, que puede acceder ahora a una mayor y mejor oferta. El editor tiene desafíos evidentes: aprender a respirar en la atmósfera digital, publicar en multiformato e ir distinguiendo las señales del mercado para hacer cada proyecto rentable según las opciones de que disponga. Pero este reacomodo del ecosistema del libro tiene también sus parias, víctimas excluidas de participar de la fiesta digital. Ésas son las librerías. Me refiero a las librerías tradicionales, a las que con más o menos abundancia ocupan un espacio en nuestras ciudades, a las que entramos de a pie. No me refiero a las grandes tiendas globales como Amazon y Barnes & Noble, que más que librerías son y serán gigantes de la distribución de contenidos en línea.
La posibilidad de que las librerías tradicionales sean un elemento más en la cadena de distribución de contenidos digitales es, a mi juicio, bastante escasa. No sólo tienen la competencia de las grandes plataformas –con mejor tecnología para ofrecer un buen servicio a editores y lectores, con enorme potencial para tener presencia en varios mercados y en varias lenguas y que irreductiblemente irán concentrando el negocio–, sino también de las mismas editoriales que, desde sus propios sitios web, pueden ofrecer sin mayores obstáculos y con mejores precios las versiones digitales de sus contenidos.
En la medida en que tengamos un mercado del libro en papel, como creo que lo vamos a tener por mucho tiempo, el futuro de las librerías seguirá vinculado a un espacio físico y a la relación entre personas, cuestiones que miradas de cerca resultan también ventajas competitivas sobre el comercio de contenidos digitales. Por cierto, esto no significa que las librerías asuman completamente la exclusión y den la espalda a la tecnología. Muy por el contrario. Sería un despropósito que no aprovecharan, por ejemplo, el comercio electrónico para sus libros nuevos o de segunda mano, o no utilizaran las redes sociales para generar comunidad.
[La revista Trama & Texturas 14 está disponible en formato electrónico]
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