Todo buen lector ha experimentado alguna vez la angustia de decidir su próxima lectura. Conozco algunos casos en que esa angustia se manifiesta de un modo tormentoso y se agita con cada nuevo libro: son lectores que prueban la mercancía con sospecha, alargan la degustación de las primeras páginas, se toman su tiempo y sólo se relajan y se entregan cuando están totalmente seguros de que ése es el libro que quieren leer. Hay también otros lectores que viven esa angustia con menos trámites: pasan con cierta naturalidad de un título a otro, sin pensarlo demasiado, pero de vez en cuando levantan la vista y se encuentran con esos libros que han ido tirando sobre las repisas de la biblioteca o que yacen aplastados en la pila del velador, y sólo entonces se hacen un llamado al orden.

Hay algunos factores que alimentan esa angustia y que operan en muchos casos irracionalmente, como si fuesen heridas autoinflingidas. En primer lugar, los libros comprados: aquellos que trajimos a la casa después de decidir que el gasto era mucho más importante que un almuerzo o que un regalo para nuestros hijos, pero que sin embargo, pasado un tiempo, unas semanas, unos años, siguen por ahí encima. En segundo lugar, los libros prestados: aquellos que nos metimos bajo el brazo después de pasar por la biblioteca de un amigo que nos dijo: “llévatelos, luego me lo traes de vuelta”. Bien. Esos libros, todos esos libros, están ahí esperando su turno y avivando la angustia.

Es evidente que el problema no son los “demasiados libros” —para usar la conocida expresión de Gabriel Zaid—, sino el hecho redondo y rotundo de que nuestro tiempo es escaso. Pero hay formas de amortiguar la angustia. Una es asegurar nuestro derecho al ocio. Otra es darnos siempre la oportunidad de abandonar una lectura en cualquier momento.

Siempre he sospechado que esa angustia de los lectores es doble, distinta o quizás más intensa cuando se trata de los escritores, obligados no sólo a decidir qué leer, sino a decidir entre leer y escribir. Porque, ¿para qué ponerse a escribir si uno puede pasarse la vida leyendo?

“Uno siempre se pregunta para qué escribe”, confiesa Fabio Morábito  en una entrevista que leí hace unos días. La pregunta no pierde una mota de validez, incluso convertida en un mantra. ¿Qué sentido tiene trocar el escaso tiempo de lectura en tiempo de escritura? ¿Para qué sirve escribir? “Sencillamente para reordenar el mundo alrededor de uno”, responde el propio Morábito. La escritura es, en ese sentido, una forma de seguir leyendo, un modo de apuntar la flecha hacia el mismo lugar. Leer y escribir son dos tensiones del mismo arco. Tal vez ambas actividades se diferencien apenas en el grado de insatisfacción del que parten. Más allá de la respuesta de Morábito, sospecho que todo escritor intuye que hay cosas que sólo la escritura puede entregarle: tal vez una forma de romper la pasividad, quizás una forma distinta de actuar en el mundo.