Es insoportable que un escritor detenga a sus personajes en cada semáforo sólo para mencionar la calle que están a punto de cruzar. Exagero, obviamente. Pero es más o menos lo que pasa, una y otra vez, en esta novela de Modiano que, por fortuna, ya voy terminando (abandoné otra suya hace unos meses y la culpa me obligó a darle a ésta la oportunidad de contar la historia completa). Al parecer es algo común a toda su obra: la crítica ha dicho que París “es un personaje más” en las novelas de Modiano. No tengo idea qué significa que una ciudad sea un personaje más. Me parece una licencia retórica para describir algo que para mí ha resultado pesado e insufrible: el inventario de cada calle, plaza y bulevard, de cada edificio y monumento, de cada hito de la ciudad por el que circulan los personajes. Todo está escrito puertas afuera, todo está forzado a ocurrir en las calles como si a Modiano, la verdad, le importara un pepino la historia, y pusiera a sus personajes a caminar o a conducir sólo para componer un catálogo de la ciudad. Porque eso podría ser Un circo pasa, un catálogo de París, un inventario gratuito, un registro caprichoso que no suma ni tensión dramática ni agilidad a la prosa, pero claro, le transmite a su literatura cierto resplandor romántico en complicidad con el imaginario del lector. Después de todo esto es París, la “ciudad de la luz” cruzada por el Sena. Pero seguramente estoy siendo injusto. Lo que pasa es que a uno le produce cierto resentimiento que Modiano le saque brillo a su París de tarjeta postal. Dan ganas de preguntarle qué tipo de literatura hubiese escrito a orillas del Mapocho.