Los sueños de las cifras

Aunque coincidimos en que la lectura es un fenómeno complejo de medir y examinar, el alegato de Enzo se obstina en exigir una respuesta: cómo impacta la eliminación del IVA en los índices de lectura.

Despejemos este asunto de inmediato: podemos probar que la eliminación del IVA al libro tiene un impacto positivo en la industria y en las bibliotecas, pero no tenemos cifras que demuestren, con fundamentación empírica, que esta medida tributaria tenga un impacto positivo en los niveles de lectura (aunque sea sensato pensar que si tiene un impacto en el modo en que circulan los libros, lo tendrá también en el modo en que son leídos). ¿La razón? Simple: no existen esas cifras en Chile y en ningún rincón del planeta. No podemos probar que el impacto sea significativamente positivo, pero tampoco podemos decir que ese impacto sea cero, negativo o insignificante.

Hecha esa aclaración, la cuestión de fondo es otra. Coincidimos en que las cifras son importantes para diseñar y evaluar políticas públicas. Lo sabe muy bien Enzo que, desde la Dibam, trabajó en el diseño de varias iniciativas gubernamentales en materia de lectura y bibliotecas. Pero su posición en este debate representa una visión en exceso tecnocrática que no sólo desatiende de plano los argumentos políticos y simbólicos (altamente significativos en este tema), sino que además exige, como condición de persuasión, el despliegue de cifras que no existen ni se pueden deducir de ningún estudio conocido.

Pedir que probemos con datos el impacto que tiene la eliminación del IVA al libro en los índices de lectura es equivalente a pretender probar el efecto que tendría una rebaja del precio de los automóviles en la cantidad de nuevos conductores y en el modo en que manejan los chilenos, con la diferencia que la abundancia de autos no supone los mismos beneficios sociales que la abundancia de libros. Repitámoslo en este punto: el fenómeno de la lectura es complejo y está cruzado por muchas variables —algunas muy alejadas del mismo ámbito del libro—; es técnicamente muy difícil aislar factores y satisfacer siempre el excesivo celo con que se cuida esa aparente confianza que dan las cifras.

Pero también es curioso que se niegue la sal y el agua a una medida que tiene un amplio consenso y se le pida una prueba de blancura estadística que ninguna medida de promoción del libro y la lectura ha tenido en Chile. ¿Cuál ha sido el impacto en los índices de lectura del concurso de adquisiciones del Consejo del Libro que año a año desembolsa un millón de dólares? ¿Quién es capaz de mostrar las cifras del impacto que tuvo en los índices de lectura el programa del Maletín Literario, que desembolsó 20 millones de dólares en tres años? Y si me apuran un poco más, ¿cuál es el impacto en los índices de lectura que han tenido dos décadas de inversión en infraestructura y fortalecimiento de la red de bibliotecas públicas? No, no se trata de que me digan que tenemos más bibliotecas y mejor implementadas; se trata de saber cómo ha impactado eso en los niveles de lectura de los chilenos.

Vamos al segundo tema de fondo: el cuestionamiento del libro como soporte, que de paso supone un velado cuestionamiento a los eventuales beneficios que la industria buscaría con la eliminación del IVA al libro. Coincidimos en que la pelea es por democratizar el acceso a los bienes simbólicos. El caso es que, aunque suene a una obviedad, el acceso a los soportes es condición previa de ese bien que perseguimos: la lectura. Promover la lectura sin considerar los soportes es como salir a repartir salud sin llevar los remedios.

Así que estamos de acuerdo: se lee sobre algo. ¿Sobre qué? Para que no me digan que hasta los letreros camineros son un soporte de lectura, voy a hacer un ejercicio de reducción que, por ahora, me excusaré de fundamentar. Leemos y leeremos sobre libros impresos y pantallas. Todos nuestros procesos de formación de capital humano están básicamente anclados en esos soportes: libros impresos y pantallas. Detrás del primer soporte está la industria editorial y detrás del segundo está otra industria, mucho más poderosa, que incluye a quienes controlan el negocio del acceso a internet, el negocio de los contenidos digitales y a un gigantesco abanico de desarrolladores y fabricantes de hardware. No vamos a democratizar el acceso a internet evitando a toda costa que toda esa gente, en algún punto, haga su negocio. Cualquier política que apunte a mejorar el acceso a internet, y por extensión a distribuir mejor sus beneficios, supone, en algún grado, una ganancia para empresas que están muy lejos de la filantropía. Lo mismo pasa con los libros. No podemos democratizar el acceso a los libros sin incentivar la industria.

El IVA por sí sólo no explica el alto valor de los libros en Chile. Sólo es responsable de una quinta parte del precio. Aunque una quinta parte no es algo menor (piense en el presupuesto de una biblioteca), que Chile tenga un precio promedio para el libro más alto que otros países se explica, primero, por las características de un mercado dominado por libros importados que recorren la mitad del mundo para llegar acá, y, segundo, por una industria local que, entre otras cosas, está condenada a la demanda interna, a las bajas tiradas, a la falta de profesionalización y, por cierto, también condicionada por los niveles de lectura del país. ¿Podemos implementar medidas para incentivar la industria, profesionalizarla, expandirla nacional e internacionalmente, y por esa vía subir las tiradas y bajar los precios? Claro que sí. No sólo podemos hacerlo, sino que hay una serie de medidas probadas para lograr esto. ¿Por qué no lo hemos hecho? Porque esas medidas requieren de la voluntad política de muchos actores y la coordinación de muchas instituciones del Estado. Pero, ¿por dónde vamos a partir? ¿De verdad vamos a esperar tener un programa real de apoyo a la industria editorial local y un ambicioso y bien pensando plan de fomento lector? ¿Mientras esperamos que eso pase seguiremos manteniendo el IVA a los libros, esa quinta parte del precio? Todos los países que tienen un tratamiento tributario diferenciado para el libro —la abrumadora mayoría— han entendido que el gravamen supone una dificultad de acceso y eliminarlo o rebajarlo es un punto de partida. Y yo creo que esos países tienen toda la razón.

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