[Leído en la presentación del libro Actas del Seminario Internacional ¿Qué leer? ¿Cómo leer? Perspectivas sobre lectura en la infancia, 6 de diciembre de 2013.]

Hace un par de meses la revista Science publicó los resultados de una investigación que reveló datos muy interesantes sobre la lectura literaria. Dos científicos norteamericanos concluyeron algo que intuíamos desde hace mucho tiempo, pero que no podíamos demostrar: no es lo mismo leer cualquier cosa, la ficción de calidad literaria tiene un mérito mayor que cualquier otro tipo de texto a la hora de estimular nuestro cerebro. Leer libros de ficción estimula las áreas cerebrales implicadas en la emoción social y la empatía. La literatura, dijeron los investigadores, “nos obliga a expandir nuestro conocimiento de las vidas de otros y a percibir el mundo desde varios puntos de vista simultáneos”. A diferencia de otros textos, “la ficción literaria requiere una implicación intelectual y un pensamiento creativo de sus lectores”. Ya no se trata del trabajo que cualquier lectura de largo aliento hace en nosotros, sino del papel que juega en ese proceso una vieja conocida: la literatura de ficción.

Parto citando esta investigación no porque las conclusiones sean nuevas para nosotros, sino porque es un ejemplo de que vamos teniendo pruebas para defender lo que antes fueron sólo intuiciones y experiencias. Si quienes dedican esfuerzos a escribir e investigar sobre la lectura consideraran más seriamente estos avances, o al menos los tuvieran a la vista, creo que podríamos sacudir el debate de los lugares comunes y de cierto lenguaje impresionista a los que estamos malamente acostumbrados.

Lo que estoy sugiriendo es la posibilidad de pensar más nítidamente los límites de unos problemas que reclaman un campo específico de reflexión, el de los estudios sobre la lectura. Se trata de pensar esos límites, pero también de buscar y fijar dentro de ellos los avances y los consensos, que indudablemente hay.

¿Por qué la cuestión de la definición de un campo de especialistas me parece razonable? Por varias razones. Primero porque se trata justamente de definir consensos y puntos de partida, y evitar que la discusión comience en la experiencia de cada uno. Segundo, porque creo que el fomento de la lectura sigue siendo un terreno fértil para la opinología y ésta es, creo yo, una de sus principales debilidades: las opiniones parecen siempre ignorar olímpicamente las certezas. Hay demasiada confianza en la supuesta verdad de un puñado de intuiciones que, a estas alturas, están tan manoseadas que han terminado por transformarse en caricaturas.

Todo el mundo estima necesario fomentar la lectura y todo el mundo cree saber cómo hay que hacerlo. Por supuesto, la mayor parte de los especialistas de ocasión habla básicamente desde su experiencia como lectores y en muchos casos detrás de su bandera de lucha no hay otra cosa que una mezcla de autoafirmación social y superioridad moral. Hay que fomentar la lectura porque mis padres… Los niños tienen que leer porque ya ven, mis hijos… En un spin-off de este asunto, desde un tiempo a esta parte me sorprende la cantidad de gente que opina cómo deben ser las bibliotecas, qué deben comprar las bibliotecas, etcétera. La cantidad de gente hablando sobre las bibliotecas es indirectamente proporcional a la gente que ha pisado una. Chile es un caso particular: todos parecen ser especialistas en bibliotecas públicas, pero pocos son usuarios.

Y no me refiero exclusivamente a la charlatanería de los vendedores de micro, me refiero a la de gente que toma decisiones por aquí y por allá. Y dentro de esta gente, una especial mención merecen ciertos académicos que, sin levantar los ojos más allá de sus disciplinas, se sienten cómodos interviniendo con un par de intuiciones y una jerga cargada de florituras.

Dicho todo eso, ¿de qué hablamos cuando hablamos de estudios sobre la lectura? Un buen punto de partida es este libro hoy que presentamos, que contiene 32 textos, fijados aquí, pero leídos en un seminario convocado para pensar la lectura en la primera infancia. Nada mejor, digo, para hacerse una idea no sólo de la diversidad de miradas sino también de la densidad de cada una de ellas. Muchos de estos textos parecen justamente partir de ciertos consensos y avances en materia de lectura en primera infancia, un buen puñado está claramente anclado en disciplinas específicas, como los estudios literarios, la lingüística o la psicología cognitiva, y otros nacen a partir de las experiencias de los autores como lectores, experiencias que siempre son un buen insumo para la reflexión. El libro está, por supuesto, cruzado por varios temas, y los asuntos que faltan o que son abordados apenas tangencialmente no hacen mella en el interés por el conjunto.

Entre los temas abordados hay varios que me parecen centrales en el empeño de dibujar un mapa de preocupaciones de los estudios sobre la lectura. Voy a nombrar tres, que son los que me parecen más importantes.

El primero es el ámbito de la valoración de la literatura infantil, un tema sobre el cual nunca hablaremos con justicia sobre su nivel de complejidad. Por lo pronto, hace mucho rato que se trata de un ámbito mucho más amplio que el que puede abordar la pura teoría literaria: concurren aquí un puñado de otros factores que hacen compleja la trama de la evaluación. Hay que echar mano, naturalmente, a la semiótica visual, como lo hacen Alejandra Meneses, Maili Ow y Len Unsworth en el texto que aportan colectivamente a este volumen. Un trabajo similar es el que Roberto Cabrera dedica al libro álbum, aunque en este caso la teoría literaria, aunque sobrepasada, no deja de ser la base de su empeño.

Otros utilizan las herramientas del análisis crítico del discurso, como en el caso del breve y excelente examen que hace Macarena García sobre la representación de las diferencias étnicas y raciales en los libros infantiles. Como se ve, ya no se trata de ordenar el prontuario de textualidades y visualidades, sino también de calibrar el modo en que figuran valores y consensos sociales en estos libros. Si además consideramos que, como dice Daniel Goldin, los libros para niños “rara vez son para niños”, el ámbito de la valoración se vuelve aún más complejo.

El segundo tema transversal que me interesa destacar es el que tiene que ver con la literatura en el currículum escolar. Me parece central porque, entre otras cosas, es la punta de lanza de los estudios sobre la lectura en las políticas públicas, que es, a fin de cuentas, un espacio clave donde incidir. Quiero destacar especialmente el texto de Ignacio Álvarez porque, a contrapelo de las opiniones más políticamente correctas, propone el debate de un canon literario obligatorio, un canon compartido que sirva, como dice al final de su texto, para crear comunidad. Es, a mi juicio, una discusión que debemos tener. Destaco también, en este ámbito, el trabajo de Carolina Platovky, que dialoga muy de cerca con la propuesta de Ignacio Álvarez, y también el texto de Guillermo Soto que, de la mano de Martha Nussbaum, propone un currículum orientado al desarrollo de la imaginación narrativa. Creo que son tres textos imprescindibles para repensar la literatura en el currículum escolar.

El tercer tema transversal es el fomento lector: el contingente armado, la primera línea de batalla, la vanguardia letrada. El volumen es, afortunadamente, abundante en experiencias y vale tomar nota de cada una de ellas. Destaco los textos de Claudio Aravena, sobre el trabajo de los mediadores en los bibliomóviles, el de Anne Hansen, sobre fomento lector en sectores vulnerables, el de Alejandra Michelsen, sobre lectores jóvenes privados de libertad y el de Úrsula Starke, que reflexiona sobre el fomento lector en la biblioteca pública.

Estos tres temas que cruzan este libro —el problema de la valoración de la literatura infantil, el currículum escolar y el fomento lector— son, por cierto, tres de los ejes principales de ese campo que hemos delimitado y definido como estudios sobre la lectura. Hay también otros que aparecen también en este volumen, como la economía del libro (en los textos de Sebastián Barros y Ana María Pavez) y la psicología de la lectura (en el texto de Katherine Strasser). Si a todos estos temas sumamos un par más que apenas son mencionados (como la historia del libro y la lectura, y la etnografía de los lectores, al estilo del trabajo de Michelle Petit), tenemos un mapa de cuestiones relevantes que configuran un área disciplinar. En lo que quiero insistir es en que me parece importante comenzar a pensar en y desde los límites de un campo propio.

Creo que libros como éstos contribuyen a darle densidad y sustancia al debate. También a ordenarlo. Es imprescindible seguir avanzando en este sentido, y no sólo en un ámbito teórico, sino también práctico. Hay muchos mediadores de lectura para quienes hacer fomento lector significa disfrazarse de hada de los cuentos o colgar poemas en los árboles. A esto me refiero con ordenar el panorama, generar consensos, defender certezas, definir acciones y estrechar en este ámbito el campo de acción de la opinología.

Daniel Goldin decía ayer en una entrevista en el diario El País: “Me parece bien atreverse a preguntar por qué [hay que fomentar la lectura, para] no dar por obvias las bondades de la lectura”. La cuestión no es si seguir preguntando o no. La cuestión es darle sustancia a las bondades de la lectura. Darle sustancia es darle certezas, porque de tanto repetir los lugares comunes de la opinología, corremos el riesgo de que la promoción de la lectura se convierta en una consigna vacía.