[Fragmento del texto publicado en la revista española Trama & Texturas número 14, dedicada a analizar los desafíos de las librerías en el entorno digital]

Nunca antes la industria del libro se había preocupado tan poco de lo que es y, al mismo tiempo, había especulado tanto con lo que será. Pensar el futuro del libro es la consigna de moda, detrás de la cual marchan en primera línea quienes buscan un lugar en esta industria, seguidos de cerca por los adivinos de ocasión que han hecho de las predicciones un oficio más de la plaza. El presente, que importa poco, aparece sacudido de problemas que no estén inspirados en la incertidumbre y existe en la medida en que da señales de un futuro que, dice la línea de vanguardia, será digital o no será.

Sospecho que este diagnóstico es compartido por muchos en España, pero tiene tanto más sentido si advierto de entrada que hablo desde América Latina. Aunque sigo con mucha atención el debate sobre futuro del libro en la era digital, me cuesta ponerlo por encima de los problemas del presente. En este continente tenemos un pobrísimo intercambio editorial entre nuestros países, sin contar la tremenda desigualdad en la balanza comercial entre España y América Latina, los pésimos índices de lectura y la falta de políticas públicas que promuevan sostenidamente la industria local. Chile, mi país, es uno de los pocos del orbe que mantiene un altísimo impuesto al libro (19%), tenemos una legislación obsoleta, no contamos con cifras que den cuenta de la industria y nuestro nivel de profesionalismo es más bien bajo. Yo preferiría hablar de un futuro del libro que lejos de esconder los problemas del presente los asumiera como parte de un debate integral.

Hecha esa advertencia sigo con una confesión: me gusta pensar en la especulación como en un juego que tiene la virtud de provocar y encender una ludopatía que lejos de apostar al puro azar pone sus fichas en el coraje intelectual. Acepto entonces, con cierto placer culpable, el desafío de imaginar los libros y las librerías que vendrán. No puedo dejar de mencionar, al pasar, que este juego de la imaginación tampoco es inocente y que, de cualquier modo, entiendo el futuro del libro como un campo en disputa.

Soy editor, librero y un lector desprevenido la mayor parte del tiempo. Me entusiasman y defiendo las virtudes de Internet, en especial su capacidad de democratizar el acceso al conocimiento. Leo libros en papel y admiro, sin esconder una sana envidia, el buen trabajo editorial, pero también consumo mucha información sobre la pantalla de mi computador y traigo regularmente en la mochila un Nook con un surtido de contenidos más o menos abundante. Me defino como un lector multisoporte como muchas de las personas que conozco en mi librería. No soy un romántico del papel y puedo confesar sin incomodarme que hay muchos libros que hubiera preferido leer en versiones electrónicas, porque son objetos muy pesados, porque están mal encuadernados o simplemente porque hubiera querido aprovechar la aplicación de lector electrónico para coleccionar citas del texto. Y aunque es evidente, vale la pena consignarlo: soy también un cliente multicomercio, consigo libros lo mismo en la librería que en una tienda de usados, a través de una descarga desde el sitio de Barnes & Noble, encargándolos a Amazon o sobornando a algún amigo que viaja fuera de Chile.

Mi experiencia como librero y mi práctica como lector se complementan y son el mejor argumento para defender lo que es para mí una convicción: la era digital no supone la desaparición de las prácticas tradicionales de lectura sino que las amplía. En otras palabras, el futuro del libro será un espacio de convivencia entre prácticas análogas y digitales. Qué contenidos serán análogos y digitales, o cuáles puramente análogos y cuáles sólo digitales es una cuestión que irá resolviendo el mercado. El caso es que el invento de Gutenberg ha demostrado ser tecnológicamente resistente a la obsolescencia porque tiene ventajas evidentes sobre cualquier cacharro conocido, por lo pronto, puedes tomar un libro de tu biblioteca y cargarlo en tu mochila ¡sin necesidad de utilizar un cable USB!

En la medida en que las prácticas de lectura, los soportes y las plataformas de distribución de contenidos se amplían el que gana es el lector, que puede acceder ahora a una mayor y mejor oferta. El editor tiene desafíos evidentes: aprender a respirar en la atmósfera digital, publicar en multiformato e ir distinguiendo las señales del mercado para hacer cada proyecto rentable según las opciones de que disponga. Pero este reacomodo del ecosistema del libro tiene también sus parias, víctimas excluidas de participar de la fiesta digital. Ésas son las librerías. Me refiero a las librerías tradicionales, a las que con más o menos abundancia ocupan un espacio en nuestras ciudades, a las que entramos de a pie. No me refiero a las grandes tiendas globales como Amazon y Barnes & Noble, que más que librerías son y serán gigantes de la distribución de contenidos en línea.

La posibilidad de que las librerías tradicionales sean un elemento más en la cadena de distribución de contenidos digitales es, a mi juicio, bastante escasa. No sólo tienen la competencia de las grandes plataformas –con mejor tecnología para ofrecer un buen servicio a editores y lectores, con enorme potencial para tener presencia en varios mercados y en varias lenguas y que irreductiblemente irán concentrando el negocio–,  sino también de las mismas editoriales que, desde sus propios sitios web, pueden ofrecer sin mayores obstáculos y con mejores precios las versiones digitales de sus contenidos.

En la medida en que tengamos un mercado del libro en papel, como creo que lo vamos a tener por mucho tiempo, el futuro de las librerías seguirá vinculado a un espacio físico y a la relación entre personas, cuestiones que miradas de cerca resultan también ventajas competitivas sobre el comercio de contenidos digitales. Por cierto, esto no significa que las librerías asuman completamente la exclusión y den la espalda a la tecnología. Muy por el contrario. Sería un despropósito que no aprovecharan, por ejemplo, el comercio electrónico para sus libros nuevos o de segunda mano, o no utilizaran las redes sociales para generar comunidad.

[La revista Trama & Texturas 14 está disponible en formato electrónico]