No contentos con decir lo que tienen que decir, los grandes escritores inventan también una lengua, un modo de decirlo. No pasó mucho tiempo para que intuyéramos que Lemebel era de esta raza. Lo supimos temprano, no sé, a mediados de los noventa, cuando comenzamos a masticar su idioma, su elegancia, cuando comenzamos a leer sus libros, a escuchar sus crónicas en la Radio Tierra. Nunca la literatura tuvo más sentido que como instrumento de la pluma y de la rabia de Lemebel. Nadie usó el cuerpo como parte de una sintaxis filosa como lo hizo Lemebel. Nadie se paró en la puerta, se pintó los labios, se subió a los tacos altos y entró al salón de la literatura chilena como lo hizo Lemebel. Se ha muerto un héroe, un valiente, un guerrillero, una lengua. Tenía razón Bolaño: la triste victoria de la Literatura, así con mayúscula, es toda tuya, querido Pedro.

[Imagen de Sebastian Tapia Brandes.]