Luis López-Aliaga dice que los secretos familiares son como una cajita que alguien ha puesto en algún rincón de la casa. Una cajita cerrada y discreta, por supuesto. Todos saben dónde está, se topan cotidianamente con ella, pero nadie se atrevería a abrirla. Para evitarlo y para disimular su presencia, “le ponen incluso un mantelito a crochet encima”. López-Aliaga dice esto en La imaginación del padre, que parece un libro y se lee como un libro, pero en realidad es la cajita de secretos de su propia familia, abierta a la luz del día. La imaginación del padre es la crónica de tres generaciones de López-Aliaga que han vivido con los pies en Chile pero con la cabeza puesta en el Perú, desde donde llegó el abuelo aprista perseguido por la dictadura de Sánchez Cerro. Es un relato que exhibe todas las tonalidades del desarraigo. Y es también una lección que enseña cosas como ésta: imaginar es construir una forma. Y ésta: no hay otro modo de asediar al padre que imaginarlo. Este libro tiene esa ambición, pero uno intuye que la desborda. Es un libro con una estructura disuelta, un poco esquiva, que funciona como una acumulación de registros que van y vienen entre la memoria familiar y la crónica literaria. (Paréntesis: son especialmente memorables los textos dedicados a José Watanabe, Bryce Echenique y Santiago Roncagliolo, que funcionan como estupendos perfiles; lo mismo hay que decir del relato sobre el poeta peruano José Santos Chocano, apuñalado por un loco en un tranvía ñuñoíno. El libro es también la biografía de un lector.) La imaginación del padre puede ser un libro disperso e imperfecto, pero es profundamente entrañable, entre otras razones porque en él fluye una escritura profunda y valiente. Y porque tiene una virtud escasa: abre la cajita de los secretos familiares a la luz del día y uno sabe a poco andar que esa luz no es otra cosa que el brillo de la literatura.