Cuando le preguntaron a Elena Ferrante, en una de las escasas entrevistas que ha concedido, a partir de qué materiales construye sus historias, dijo que su punto de partida es algo que su madre llamaba frantumaglia: ese puñado de cosas de origen diverso que se agita con persistente desasosiego en nuestra cabeza: palabras, lugares, imágenes, fragmentos de memoria que flotan dispersos, y que pueden sobrevivir ahí, repiqueteando de vez en cuando, durante años.

Si ese insistente murmullo es el principio de todo, ¿no es su literatura una forma de autobiografía? Lo curioso en este caso es que nadie sabe quién se esconde detrás del seudónimo de Elena Ferrante. Algunos creen que es un ejercicio de travestismo literario de un escritor talentoso y tímido. Otros piensan que es un experimento a cuatro manos de los editores de Edizioni E/O, el sello italiano que la publica desde 1992. Lo que sus libros y sus entrevistas muestran con bastante transparencia es que se trata de una escritora italiana que creció en Nápoles, una mujer hoy mayor que vivió la Italia de la posguerra, que apela a su memoria para escribir sus novelas y que cree que esas novelas, una vez escritas y publicadas, ya no necesitan de su autora.

Sus novelas son etiquetadas por la industria como literatura para mujeres. ¿Impedirá eso que los hombres puedan también leerla y apreciarla? Ferrante no es una innovadora de la forma. Confía en los moldes clásicos de la novela y en esos moldes cuestiona, repiensa y se apropia de su singularidad sin culpas y sin poses. La crítica ha dicho que su cuarteto de Nápoles —una gran novela de dos mil páginas dividida en cuatro títulos que la tienen hoy convertida en un fenómeno editorial— es una especie de “bildungsroman semifeminista” que retrata, de paso, la Italia de la segunda mitad del siglo XX. El crítico James Wood —vean ustedes, un hombre que la lee y la aprecia—, escribió en The New Yorker que sin mencionar a Hélène Cixous o a la teoría literaria feminista francesa, la ficción de Ferrante “es una especie écriture féminine práctica”. La tarea de una escritora —explica la misma Ferrante— no es detenerse ante los asuntos del embarazo, del nacimiento o de la crianza de los hijos, sino escarbar en las profundidades más oscuras de esos temas. Ese parece ser el modo en que Elena Ferrante contraviene las etiquetas.

Parece una paradoja que la escritora que se esconde detrás de un seudónimo use con insistencia la palabra verdad para hablar de literatura en frases como ésta: “Yo uso las experiencias de mi vida para inyectar verdad en la invención literaria”. O como en ésta: “Cuando decido publicar lo hago plagada de incertidumbres y sólo lo hago cuando creo que la verdad se impone en el relato.” Ferrante dice que, a la larga, los materiales de la frantumaglia importan poco y que, convertidos en ficción, pueden soportar una carga de verdad mucho más grande que cualquier intento de autobiografía. Si eso es cierto, ¿qué importancia puede tener la identidad del artista frente a la verdad que transmite la obra? Como en el caso de Banksy, ninguna.

[Imagen de Flickr Commons.]