El fin de semana vi El Club y salí del cine con la sensación de haber visto algo especialmente abyecto. Estamos tan acostumbrados a ver la violencia convertida en un espectáculo vacío que resulta perturbador cuando su representación es mucho más que eso, cuando es —como en esta película de Pablo Larraín— una tensión subterránea y permanente que opera escondida bajo una normalidad impostada. Como la bruma que tiñe casi todas las escenas, la violencia es también aquí una tonalidad sucia, ubicua y asfixiante.

En una localidad costera, donde aparentemente no pasa nada, en una atmósfera fría y oscura, en una casa de recogimiento y penitencia, sencilla, sin lujos, frente al mar, viven cuatro sacerdotes católicos que han sido excomulgados por sus delitos. Viven allí escondidos de la justicia, amparados por la Iglesia, conviviendo en una rutina mojigata donde la penitencia no es tal, la oración es apenas un mantra y el arrepentimiento una ilusión. La película se encarga de que conozcamos a esos personajes a través de primeros planos: nos miran de cerca, nos hablan a la cara, sentimos su respiración, escuchamos sus mentiras y nos prueban que el mal te puede mirar perfectamente a los ojos sin que se le mueva un músculo. Ni recogimiento ni vida religiosa ni amor por el prójimo: lo que hay allí no es otra cosa que un hervidero de vileza humana.

El Club es una película donde todos los conflictos comienzan y acaban en el mismo sitio, atrapados y extraviados en esa vileza humana. La violencia campea detrás de la pose hipócrita de una religiosa fanática que cuida y protege a los curas, en la retórica educada y farisea de los sacerdotes cuando explican lo inexplicable, en la autoridad y en el gesto encubridor de la Iglesia. Y campea también en la cabeza de ese personaje delirante y enfermo, extraviado, ausente de sí mismo, que persigue la venganza aunque ni siquiera él mismo lo tenga claro.

Parece una casa de recogimiento y penitencia, sencilla, sin lujos, frente al mar, pero es un purgatorio. Porque no hay destino más despreciable que arrastrar los grilletes de tus canalladas y porque no te puedes fondear tan bien, curita Matías Lazcano, como para evitar que te persiga esa misma violencia que le propinaste al mundo. El Club es una película donde cada uno de los personajes, incluso el que hace de víctima, es una encarnación del mal. Es un purgatorio de comienzo a fin. Un infierno chileno. Un lugar donde nunca hay calma y nunca sale el sol.