«¿Cómo voy a escribir con mi hijo colgando de mis pelotas?», se queja Lucas Pereyra, el protagonista de La uruguaya. Al otro lado de la mesa lo escucha su amigo Enzo, un escritor mayor. Es apenas una línea de diálogo, pero podría ser perfectamente la bisagra de la novela, el punto donde convergen todos los caminos y todos los temas se cruzan. La cuestión es ésta: cuando tienes una familia y unas cuentas que pagar, la literatura puede ser al mismo tiempo un lujo y una forma de suicidio. Nunca hay que descartar, además, que aunque hayas decidido lanzarte a escribir a pesar de todo, también en esa circunstancia —hermosa y valiente— podrías ser un perfecto pelotudo. Eso es La uruguaya: una novela sobre las miserias de ser escritor, pero sin los heroísmos ni las divagaciones estéticas de otras.

La novela tiene la forma de una larga confesión que reconstruye una trama de peripecias enmarcada en un solo día, en un viaje de ida y vuelta entre Buenos Aires y Montevideo. Lo curioso es que, sumergido en una prosa rápida, uno tiene la sensación de una narración de tránsito pausado, donde el paisaje se va desplegando lentamente al ritmo de una historia que avanza cerrando sus círculos. La uruguaya tiene ése y otros méritos, como cierto equilibrio en los estilos del habla: un poco culta y un poco coloquial, uruguaya por allá, argentina por acá.

Mairal se tardó diez años en volver a la novela. Durante ese tiempo se dedicó a despachar crónicas por encargo, o sea, se dedicó a observar el mundo y a mirarse como un personaje que mira al mundo. El resultado fue Maniobras de evasión, un libro extraordinario en el que uno leyó cosas como ésta: “Todo se puede contar. No hay secreto, uno no se puede guardar nada, la exposición es absoluta. El poeta mete todo en la trituradora verbal, queda desnudo. Esa es la intemperie de la poesía. Quedar vacío frente a la palabra”. Y como ésta: “Escribir es ahora. Es esto. No es algo que va suceder más adelante”. El registro de la crónica se cuela en esta novela. Hay un tono etnográfico, una prosa ágil que tiende al inventario, tres o cuatro microensayos repartidos en el texto y salpicados de humor. La uruguaya no sólo es una heredera natural de Maniobras de evasión, sino su continuación por otros medios. Aunque con etiquetas diferentes y condenados a estanterías opuestas, ambos libros son aguas del mismo hervidero.

¿Qué nos deja una buena novela? La respuesta depende del tipo de lector que seamos, pero es muy probable que la memoria de algunas escenas sea un saldo compartido. Uno puede olvidar la historia, pero es más difícil desprenderse de esas imágenes que el talento de un escritor graba en tu imaginación con el aliento de lo real. De La uruguaya yo guardo la escena del diálogo de Lucas Pereyra con el mozo del bodegón de Santa Catalina, o esa secuencia final, cuando Lucas entra en Buenos Aires y Buenos Aires parece el espejo de una ruina interior. Pero, sobre todo, queda esa bisagra, ese diálogo que parte de la frustración: “¿Cómo voy a escribir con mi hijo colgando de mis pelotas? ¿Qué carajo voy escribir así?”. “Escribe sobre eso —le responde Enzo—. Sobre lo que está pasando en este lugar”. De eso se trata La uruguaya: de la forma en que la literatura coloca la vida a la intemperie. Porque todo se puede contar. Y escribir es siempre ahora. Es esto.