Leila Guerriero tiene el humor justo para relajar una conversación con alguna salida ingeniosa, pero aun así sus respuestas no parecen el resultado de la improvisación: uno siente que buena parte de lo que dice llega resuelto e hilvanado desde otro lugar. Leila siempre habla con seguridad y con cierto encanto, en especial cuando se frota el lóbulo de la oreja con los dedos para no perder la concentración.

Escuché a Leila Guerriero el lunes en la Universidad Alberto Hurtado durante una hora y media en una conversación con Patricio Contreras. Contó detalles sobre el proceso de edición de algunos de sus libros (Plano americano, Los malditos) y adelantó la historia del que publicará Anagrama en septiembre (Una historia sencilla). Pero sobre los temas que actualmente está trabajando, sobre sus carpetas en progreso, ninguna palabra. Dice que prefiere siempre echar un manto de reserva sobre eso. Que así funciona ella. Allá el resto. Incluso con sus más cercanos habla poco sobre las historias que está escribiendo y eso incluye a su marido. No es una cábala ni pudor ni nada parecido. No quiere que nada interfiera en el destino de esos textos. Eso es todo. Y es parte de su método. «Tengo la seguridad suficiente en mi trabajo», dice y despacha el asunto.

Leila Guerriero se hizo periodista de sopetón a los veinticinco años. Después de haber leído un cuento suyo, el editor de Página/30 le dio una oportunidad y le encargó un reportaje de treinta mil caracteres sobre los problemas del tráfico vehicular en la ciudad de Buenos Aires. Gracias a un relato de ficción y sin haber asistido nunca a una clase de periodismo, Leila salió de la redacción a buscar una historia. La semana que tardó en reportear y escribir ese largo y primer relato definió un método basado en el exceso: mucha investigación, mucho tiempo de lectura, concentración absoluta a la hora de escribir y, por supuesto, muchas, demasiadas, horas de trabajo. «Donde un periodista hacía 4, yo hacía 45 y probablemente con 15 estaba bien», dice. El exceso definió el método Guerriero y fue su principal escuela, su forma de espantar la torpeza, su modo de ganar seguridad. Dice que muchas veces escribe 10 o 12 horas por día. Dice que no podría dedicar a esto tres horas diarias. Dice que eso no sería trabajar.

Han pasado veinte años y ese método ha cambiado poco. Y sin ironía afirma que lo que probablemente ha ido aumentando es la obsesión con que investiga sus temas y la tenacidad con que luego compone. Una composición que es básicamente una poda que parte de un megatexto (otra vez el exceso) donde ha vaciado todo lo relevante: un animal que va reduciendo su forma, que va cambiando de aspecto, que se hace manso y que finalmente se abandona. El resultado: esos despachos de realidad en envase literario que conocemos como periodismo narrativo y que son las piezas de una obra ineludible.

Leila dice que escribir no es un ejercicio tortuoso para ella, pero que tampoco lo pasa bien escribiendo. El premio es el texto, la satisfacción de leerse: «No me gusta escribir. Me gusta haber escrito».