Es una lástima que a estas alturas no hayamos sido capaces de desintegrar, aunque sea un poco, el concepto de editorial independiente. Lo que para algunos suena como un sello de garantía y defensa de ciertos valores culturales funciona muchas veces como una categoría tramposa, un saco demasiado grande, una etiqueta políticamente correcta usada para pasar gato por liebre. Y todos sabemos que hay editoriales gato y hay editoriales liebre.

Partamos de una definición sencilla: un editor es alguien que arriesga su prestigio y su dinero en cada obra que publica. Su negocio es conseguir compradores y, en el mejor de los casos, también lectores. El mejor índice del valor cultural que tiene el trabajo de un editor no son sus ventas, sino la cantidad y calidad de lectores que consigue para su catálogo. Si hay algo que debemos premiar es justamente eso: incentivar el trabajo de los buenos editores es respetar también a los lectores.

Un negocio totalmente distinto es el de aquellos editores que cobran por publicar: no arriesgan su prestigio (si acaso lo tienen) ni su dinero, no buscan compradores ni mucho menos lectores. Su negocio comienza y termina con el autor. Editoriales que cobran por publicar hay en todos lados y también en Chile. Yo no tengo nada personal contra ese modelo de negocio, que es además viejo y legítimo. Mi problema es cuando esas empresas de servicios posan como baluartes de la bibliodiversidad (otro concepto tramposo) y llevan el maquillaje retórico de la edición independiente a tal punto que, por ejemplo, no les resulta difícil obtener fondos públicos destinados a premiar e incentivar la edición de calidad.

¿Un ejemplo? Según su sitio web, la editorial Forja vino al mundo para iluminarlo: “nació en el año 2003, como respuesta a las necesidades literarias y educativas de nuestro país, con el objeto de ofrecer a los lectores una nueva mirada”. Según el testimonio de uno de sus autores, Forja puede cobrar hasta $ 1.700.000 por publicar 300 ejemplares de un libro y sumarlo a su catálogo. Se trata de una editorial conocida por usar la fórmula “le publicamos su libro si usted lo paga”. Sin ningún filtro literario, no es difícil intuir la calidad de su catálogo. Pero aun así, hasta aquí no hay problemas: Forja montó un negocio respetable. Lo que me preocupa es que gracias a un proyecto presentado por el sistema de ventanilla abierta del CNCA, Forja consiguió financiamiento público, junto a Cuarto Propio y Ediciones Universidad Católica de Valparaíso, para viajar nada más ni nada menos que a la Feria del Libro de Fráncfort. Todo el mundo sabe que Fráncfort es una feria de derechos: los autores son las estrellas. ¿Qué puede hacer en Fráncfort una editorial que no mide a sus autores por su calidad literaria sino por lo que son capaces de pagar? Y sobre todo, ¿cuál es la señal que damos al mundo sobre la seriedad de nuestra política pública de promoción de la industria editorial?

En la fundamentación del proyecto, estas “tres editoriales independientes” argumentan que cuentan con “catálogos que deben ser visibilizados a nivel mundial”. Con tanta personalidad desplegada no es extraño que el resto de la fundamentación la hayan copiado de Wikipedia, como muestra esta imagen. El proyecto fue aprobado por el Consejo Nacional del Libro y la Lectura por mayoría de sus miembros, según consigna el acta del 12 de septiembre pasado.

Lo dicho. La etiqueta de editorial independiente se ha convertido en un comodín que sirve casi para cualquier cosa y es hora de que hagamos cierto empeño por separar la paja del grano. Uno esperaría que una política pública sensata, financiada con los impuestos de todos, fuese capaz de descartar la paja y concentrarse en el grano. ¿Es mucho pedir?