En las últimas páginas de Chicas muertas, casi al final del libro, Selva Almada usa al pasar la expresión “trabajo de campo” para referirse a la investigación que le permitió reconstruir las historias de tres mujeres entrerrianas, desaparecidas y víctimas de la violencia de género. Es probablemente la única vez en que, en el contexto de una narración intensa y contenida, la autora interrumpe la superficie limpia del relato para ponerle un nombre al esfuerzo de la pesquisa. Hasta ahí ese “trabajo de campo” se había desplegado con naturalidad como una historia más, como una parte del relato tejida en el texto con los recursos de la literatura.

Selva Almada viajó a los lugares en que vivieron y desaparecieron esas mujeres en los años ochenta, leyó los diarios de la época, entrevistó a familiares y amigos y de paso revisó en su propia memoria el modo en que ella vivió la violencia de género en su adolescencia. Porque hay una idea que inquieta y que recorre todo el libro: cualquier mujer podía ser una víctima. Chicas muertas es una crónica, pero es también, y en buena parte, un relato autobiográfico.

Selva Almada retrata el ejercicio de la violencia hacia las mujeres como una enfermedad social crónica, como una condición de la cual es imposible sustraerse, como un hábitat salvaje donde la mujer es una sobreviviente. El recorte de la realidad se vuelve muy perturbador. El telón de fondo es el espacio polvoriento de la provincia, el tiempo suspendido del pueblo chico: poderosos por encima de la ley, cacicazgos familiares, corrupción, precariedad y pobreza. Chicas muertas es una reivindicación de los débiles, de las vidas anónimas, de las víctimas cuyo asesinato no fue bien investigado, de las familias que no fueron escuchadas a tiempo y es, también, un ajuste de cuenta con los prejuicios que rondaron las desapariciones (“seguro se habrá ido con algún noviecito”). Como lo ha hecho en sus novelas, Selva Almada reivindica la literatura que tiene como tema la provincia, su ritmo y su habla.

Chicas muertas no es un libro perfecto: uno siente que está moteado un poco a la fuerza con las anécdotas personales y que, especialmente al comienzo, es fácil confundir los hilos de las tres historias, que se tejen de un modo complejo. Tiene, además, llamativos descuidos de edición. Pero es, más allá de cualquier reproche, un libro conmovedor y un texto literariamente valioso.