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Categoría: Crónicas

Una moral que vale un Ferrari

Hueón borracho. Que lo castiguen. Que lo marginen. Que lo cuelguen. Eso le pasa por andar tirando pinta con su Ferrari. Ahora vamos a perder la Copa. Imbécil. Qué vergüenza. Qué irresponsabilidad. Dónde queda la imagen de este país. Qué mierda tiene en la cabeza. La juventud, la fama, la plata, el carrete. Esto no pasaba con Bielsa. Que lo enderecen. Que le hablen fuerte. Que le hablen golpeado. Que lo golpeen. Que lo manden a un isla. Seguir leyendo

Silencio y agitación

Dice Juan Villoro que una historia bien contada siempre termina con un silencio estremecedor. Hace un mes J. y yo nos sentamos, muy desprevenidos, a ver Boyhood. Sabíamos que era una buena película y que había conseguido un premio, pero sólo teníamos una idea vaga de su argumento. El caso es que la echamos a correr y durante las tres horas que duró yo contuve la emoción varias veces. Cuando la cortina de los créditos comenzó a rodar en la pantalla, nos quedamos envueltos en ese silencio al que se refiere Villoro. Seguir leyendo

Antuco, diez años después

Han pasado diez años. Busco en Internet algún especial de prensa que me cuente la historia de los sobrevivientes y de las familias de los que murieron. Quiero saber qué pasó con ellos, si el Estado los indemnizó o no, si les entrega una pensión a las madres, si ayuda a los que aguantaron el frío a sobrellevar ahora el trauma de haber visto morir a sus compañeros. Seguir leyendo

Un ejercicio de memoria

Isabel recuerda que entraron 130 alumnos a estudiar bibliotecología en 1971 y que el año académico lo inauguró el Presidente Salvador Allende. Cuando egresó, Isabel comenzó su carrera en la biblioteca de la misma Universidad de Chile.

Luisa recuerda que a mediodía del 11 de septiembre de 1973 las autoridades ordenaron irse a sus casas a todos los funcionarios. Ella puso libros y objetos de valor en el cajón de su escritorio, le metió llave y salió de la biblioteca. Seguir leyendo

Tierra de hojas

Cuenta Jorge Montealegre que su primer libro iba a llamarse Tierra de hojas, pero que por consejo de Armando Uribe —“dos palabras eran mejor que tres y una mejor que dos para un título”— terminó bautizándolo Huiros, como esas algas atadas a nada y que el mar arroja en la playa. Era agosto de 1979, era París y la experiencia del exilio no podía ser otra cosa para Montealegre, una vida arrancada del suelo y suspendida en alguna parte: “Solos, eternos, entre la poesía y la muerte flotan los huiros”. Seguir leyendo

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