Han pasado diez años. Busco en Internet algún especial de prensa que me cuente la historia de los sobrevivientes y de las familias de los que murieron. Quiero saber qué pasó con ellos, si el Estado los indemnizó o no, si les entrega una pensión a las madres, si ayuda a los que aguantaron el frío a sobrellevar ahora el trauma de haber visto morir a sus compañeros.

El portal de radio Biobío hizo un especial sobre la tragedia y vale la pena mirarlo. Del resto, poco y nada. Pero una noticia se repite en varios sitios: ayer los sobrevivientes volvieron sobre sus pasos y marcharon por los faldeos del volcán Antuco, donde vieron caer a sus compañeros el 18 de mayo de 2005. Se sienten abandonados, dicen.

Sigo buscando y encuentro un reportaje de Canal 13 transmitido el viernes. En él aparece el testimonio de Vicente Morales, padre de Rodrigo, uno de los sobrevivientes que —lo vemos al fondo, sentado en un sillón, con la mirada extraviada— tiene serios problemas psicológicos y pérdida de memoria. Don Vicente cuenta, además, que su hijo recibió 10 millones como indemnización, pero que el abogado se quedó con un tercio.

En el mismo reportaje aparece la madre de Julio César Renca, uno de los 44 conscriptos que murieron. Mientras la escucho, recuerdo una crónica que escribió Pancho Mouat sobre el papá de Julio César. El texto es del 2008. Lo encuentro en Internet: «Luis Renca Rubio, agricultor, recibió los restos de su hijo en un ataúd, lo enterró en algún cementerio del sur y comenzó lentamente a enterrarse él también. Lo hizo en silencio, durante casi tres años, hasta ahora, en que acabó su vida colgado de un árbol, en un costado del camino a Santa Bárbara, a quinientos metros de su casa […] Los pasos de los soldados de Antuco se marcaron en la nieve, pero la tormenta los fue borrando para siempre».