Y un día —ponte tú, un 3 de septiembre de 1934, eran otros tiempos— un puñado de académicos mexicanos de la Escuela de Economía de la UNAM se animó con unas traducciones de algunos libros que, según ellos, eran imprescindibles para ampliar el conocimiento de la disciplina que tenían sus alumnos. Una biografía de Marx, por ejemplo, cómo no. El empeño no era gran cosa: publicar una biblioteca básica para los estudiantes. Así nació el Fondo de Cultura Económica. Y como la historia de la edición en castellano es como el reverso de la historia del exilio en nuestros países, el primer gran salto del Fondo vino unos años después, cuando México abrió sus puertas y acogió a buena parte de los republicanos españoles, varios de los cuales eran editores y diseñadores finísimos que se sumaron al nuevo sello. (Para fortuna nuestra, uno de esos exiliados vino a parar a Chile y también nos cambió la cara: Mauricio Amster.) 80 años después, miles de títulos después, la historia de esta editorial estatal y sin fines de lucro es larga y se resume así: ¿quién no tiene hoy un libro del Fondo de Cultura Económica en su biblioteca?