Para seguir con la tradición, voy a comentar aquí los libros que abandoné durante este año. No es fácil hacer esto. Los libros que uno abandona no son necesariamente libros malos. A lo más son encuentros que por alguna razón se volvieron incómodos: uno prefiere saludar cortito y continuar el camino. Y el camino es esa pila de libros pendientes que te mira con paciencia todas noches desde el velador.

Este año abandoné dos libros que tomé con ganas y cierta expectativa. El primero fue Librerías de Jorge Carrión. Lo disfruté harto hasta la página cientoitanto, pero lo dejé cuando el relato perdió narratividad, se llenó de referencias y se convirtió en una especie de diario mural. De pronto comencé a toparme con páginas donde era posible contar veinte nombres propios y a mí eso me pareció abrumador. No alcancé a llegar al capítulo de las librerías latinoamericanas y lo abandoné con mucha culpa.

El segundo es Buscanidos de Matías Celedón, que tiene la fama de ser el más experimental entre los narradores jóvenes chilenos y la costumbre de construir historias con recursos mínimos: elige con pinza cada palabra. Esa es una forma de respetar el lenguaje que yo considero una virtud, pero llevada al extremo corre el riesgo de hipotecar el placer de leer. Me costó entrar en Buscanidos, tanto que abandoné su lectura antes de las treinta páginas. Es un lenguaje correcto, aunque con una poesía un poco neblinosa. El resultado es una prosa que se demora demasiado en completar el dibujo.

Confesar los libros abandonados es un ejercicio peligroso y la posibilidad de arrepentirse es alta. Pero hay un puñado de libros que me dieron felicidad y decirlo no cuesta nada: Mi vida querida de Alice Munro, Relámpagos, 14 y Me voy de Jean Echenoz, Las reputaciones de Juan Gabriel Vásquez y El subrayador de Pedro Mairal. Entre los autores chilenos, me gustó mucho Fuera de campo, el libro de perfiles de Manuel Vicuña y lo pasé muy bien descubriendo la prosa sencilla de Eugenio Lira Massi en El hombre del momento.

Párrafo aparte para dos libros perfectos: La edad del perro y El hijo del presidente, ambos de Leonardo Sanhueza. Uno de los dos es el mejor libro chileno del año.