Me gustan las listas literarias de fin de año. Tengo una lista de esas listas en un documento de Evernote que se llama «Guías de lectura», porque qué otra cosa pueden ser. Como también entiendo lo mío como un ejercicio de curatoría, obviamente no todas las listas son bienvenidas. De entrada, los ránkings del tipo «Los mejores libros del año según los lectores del diario equis» quedan inapelablemente fuera.

Mis listas preferidas son las selecciones personales que hacen los escritores, entre otras razones porque son siempre un juego de piernas entre confesión e impostura. Uno se pregunta qué habrá debajo del iceberg de la lista confesada: no sólo qué libros están ahí para figurar públicamente como leídos o cuáles funcionan como una seña de identificación literaria, sino también qué lectura secreta habrá omitido. ¿Nos les ha pasado que leen un libro tan bueno que el músculo del egoísmo comienza a sufrir pequeños espasmos? Los escritores suelen tener bien desarrollado ese músculo.

Entre las listas personales, prefiero las que no acotan su selección a lo publicado el último año, sino que abarcan la categoría más amplia de «Todo lo que cayó en mis manos». En mi caso, por ejemplo, el mejor libro que cayó en mis manos durante el 2013 se publicó el 2012 y se llama El hombre que fue viernes y es de Juan Forn. Aunque es evidentemente un libro, me quedé con la impresión de que era simplemente un tono y que ése era su valor.

Dicho eso, yo también quiero aprovechar el último día del año para hacer pública una lista personal, pero no de los mejores libros que leí, sino de aquellos que abandoné. Confesar la lista de libros abandonados es una especie de deporte extremo porque uno corre el riesgo de quedar como el papanatas que no supo apreciar algún delicado ejercicio de estilo. Porque –convengamos– no se trata de abandonar libros que de entrada sabemos que son malos. Eso sería de novatos en este deporte. Lo extremo del asunto es abandonar libros que tenían buena pinta.

Bien. Abandoné estos libros porque en la página veinte o treinta o incluso en la cincuenta simplemente me aburrieron. Supongo que también los abandoné porque competían sobre el velador con otros y en esa competencia se quedaron sin argumentos. La lista es corta y en orden de aparición o de desaparición –según se mire–, esos libros son:

1. Bahía blanca, de Martín Kohan. Quería leer una novela de Kohan y elegí mal. Ésta es la historia de un profesor de literatura que llega a la ciudad de Bahía Blanca a expurgar alguna culpa. Nunca supe cuál. La narración es lenta y en las primeras treinta o cuarenta páginas no me sorprendió ningún brillo especial en el lenguaje, que es siempre un excusa perfecta para seguir leyendo cualquier cosa. No recuerdo a quién le confesé que había abandonado esta novela de Kohan. «Debiste partir con Ciencias morales», me dijo. Seguro que tenía razón.

2. Trilogía involuntaria, de Mario Levrero. Decidí leer dos o tres libros breves de Levrero antes de agarrar La novela luminosa. Ya había leído El alma de Gardel y algo más y en ese plan tomé esta Trilogía involuntaria que son, como se intuye, tres relatos. En el primero un señor se baja de un tren vacío y se sube a un taxi que conduce un chofer que lleva siglos ahí muerto al volante. Una atmósfera onírica que claramente no supe apreciar y que me produjo un par de bostezos.

3. Los Once, de Pierre Michon. El francés Pierre Michon viene a Chile en enero y éste fue mi intento por ponerme al día con la visita y leer alguna de sus novelas. La que tomé venía con la garantía (?) del Gran Premio de la Academia Francesa impreso en la portada, bajo el título. Los Once es la historia de un cuadro apócrifo, está ambientada en plena Revolución Francesa y repleta de referencias históricas. Es una novela-ensayo, escrita con una fraseo cadencioso y cierta jactancia. Tengo aquí otra novela de Michon, El origen del mundo, que reclama una nueva oportunidad para su autor.