Es oportuno el artículo que Enzo Abbagliati publicó ayer. El CNCA encargó un estudio sobre el IVA en el libro y, en ese contexto, es importante discutir sobre medidas, cifras e impactos de una eventual eliminación o reducción del gravamen. Pero tan importante como eso es también apuntar las cuestiones simbólicas que hay detrás de un tema que es sumamente emblemático y que no se acaba en la discusión técnica. No nos olvidemos de que Chile era una país sin impuesto al libro hasta diciembre de 1976 y que fue la dictadura de Pinochet la que instaló el gravamen, en un momento en que miles de chilenos eran perseguidos, torturados o exiliados, las editoriales allanadas y la prensa disidente acallada. En ese contexto, ese simple mecanismo tributario, instalado por decreto, fue una herramienta más de control y censura.
Como si fuese un curioso artefacto en desuso, recupero más abajo el texto de la ley que eximía a los libros de pagar impuesto. Es una pequeña maravilla de composición legal porque, como verán, coloca a la lectura al mismo nivel de elementos tan vitales como la leche y el agua.
Cuando Chile no tenía impuesto al libro, ésta era la norma que regía esa exención:
[Estarán exentos de impuesto:] Pan, leche, sea en estado natural, desecada, condensada, evaporada o en polvo, alimentos de sustitución láctea; agua potable, frutas y verduras frescas, papas, cebollas, ajos, trigo, maíz, porotos, lentejas, garbanzos, arvejas, arroz, huevos, ganado, aves, sal, harinas de cereales o de legumbres; carne fresca, congelada o deshidratada; pescado, algas marinas, mariscos y crustáceos frescos y congelados destinado al consumo humano, excepto ostras, langostas y centollas; textos y cuadernos escolares, libros, diarios y revistas destinados a la lectura.
De acuerdo a los datos del Estudio de Comportamiento Lector que dio a conocer hace algunos días el Centro de Microdatos de la Universidad de Chile, el 27% de los chilenos que compran regularmente libros tiene como primera opción adquirirlos en ferias y persas y un 4% en el comercio ambulante. Esto significa que una de cada tres personas que compran libros en Chile lo hace informalmente. Puesto de otro modo, uno de cada tres chilenos no paga IVA cuando compra un libro. No podemos saber si esos libros son nuevos, usados o pirateados.
Esta cifra podría corregirse ligeramente al alza si consideramos al 6% de las personas que declara comprar sus libros en tiendas de libros usados que, aunque pertenecen al comercio formal y están obligadas a vender con boleta, por lo general evitan el trámite. Sí, claro, porque en Chile los libros usados pagan IVA, pero los autos de segunda mano, no.
En relación al comercio formal, las librerías establecidas son por lejos el lugar preferido por los chilenos a la hora de comprar sus libros (un 52%). Le siguen los kioscos (7%), las librerías de viejo (el 6% mencionado), las editoriales (2%), las grandes tiendas (1%) y los supermercados (1%).
El diseño de una política pública debiera estar —uno supone— siempre respaldado por un buen diagnóstico. Si ese diagnóstico se apoya en estudios recientes, cifras frescas y perspectivas nuevas, tanto mejor.
En el ámbito de los índices de lectura y comprensión lectora en Chile, contábamos con algunos datos más o menos dispersos arrojados por encuestadoras locales y organismos internacionales, pero hasta la fecha ninguna institución del Estado se había empeñado en un estudio como el que conocimos la semana pasada.
Más allá de los resultados —un material exquisito para quienes tienen vocación por rasgar vestiduras—, el Estudio sobre Comportamiento Lector que el CNCA encargó al Centro de Microdatos de la Universidad Chile, salda una deuda con la estadística en esta materia y se convierte en diagnóstico y punto de partida. Lo realmente importante ahora es evaluar de qué modo estas cifras servirán de insumo para las políticas públicas orientadas a mejorar las habilidades lectoras de los chilenos y cómo, en sentido inverso, esas políticas impactarán de vuelta en las cifras. Hasta ahora, el Gobierno coordina esas iniciativas bajo el alero del Programa Lee Chile Lee.
El estudio, que se replicará cada dos años, tiene varias virtudes, como la de medir la actividad lectora en diversos medios y soportes. Me interesa ahora destacar, sin embargo, el vínculo que establece entre la actividad lectora y el desarrollo de capital humano, un vínculo positivo que no ha sido bien discutido —mucho menos en jerga económica— y que sólo ha estado presente en los discursos políticamente correctos con los que se suelen abordar y adornar estas materias. Lo cierto es que, como este estudio lo demuestra, la capacidad lectora está correlacionada positivamente con los salarios, lo que se traduce en un círculo virtuoso de beneficios económicos, tanto individuales como colectivos.
Dice Esteban Puentes, uno de los investigadores responsables del estudio:
La conclusión más importante del estudio es que pasar del nivel 3 al 4 en la escala de desempeño del comportamiento lector, aumentaría el ingreso por hora en un 7,6%, indicando que la capacidad lectora puede afectar el crecimiento económico a través de aumentos en productividad en el mercado del trabajo.
En este punto, no debiéramos pasar por alto que la desigualdad en el acceso al capital humano está en la base de las demandas sociales de las que hemos sido testigos durante el último año. El movimiento estudiantil ha demostrado que tanto o más importante que las desigualdades en los ingresos son las diferencias en el reparto del capital cultural. En la medida en que hay una demanda común, creo que el debate sobre políticas de promoción de la lectura debiera orientarse en el mismo sentido en que se orienta el debate sobre el acceso a una educación pública gratuita y de calidad.
De paso, queda dicho que la próxima implementación del Estudio sobre Comportamiento Lector será antes de dos años, cuando la campaña presidencial esté viviendo los descuentos. Aunque es un despropósito esperar cambios sustantivos a esa fecha, es medianamente sensato, si las iniciativas se implementan correctamente, aspirar a leer un ligero avance en las cifras. Nunca un retroceso.
Voy a hacer una excepción al contenido regular de este blog y escribiré algo breve sobre La Ciudad Letrada, un proyecto de librería que fundé y que dirigí hasta la semana pasada.
Aunque efectivamente tengo planes postergados en el ámbito editorial, la razón fundamental de mi repentina salida de La Ciudad Letrada son los malos resultados. A casi dos años de su apertura, la librería continúa sin poder navegar con calma sobre su línea de flotación. Durante este tiempo yo fui transfiriendo a otras personas, y en distintos momentos, la propiedad de la empresa que la gestiona (Esfera de Papel Libros S.A.). Ahora hay un nuevo equipo que no sólo cree que es posible seguir adelante y espantar el fantasma del cierre, sino que además, mediando los necesarios ajustes, es imprescindible para avanzar en el déficit que la librería viene acusando. Yo sigo como dueño de la marca (que vale la pena cuidar) y, tras bambalinas, echaré una mano a la nueva administración.
Ya sabemos que hay cosas que los números no pueden medir. El perfil de librería especializada con buena atención, de barrio virtual, con un trabajo especial en el ámbito de las redes sociales y con creación de comunidad en su entorno son justamente los detalles que han hecho conocida a La Ciudad Letrada y que la terminaron posicionando como una más en el circuito local de las buenas librerías. A pesar de que ocupa un espacio pequeño y en un lugar incómodo, logró convocar un público a través de estrategias inéditas. Es harto lo aprendido.
Quiero agradecer en una línea todas las complicidades y decir que son muchas las historias que podría contar sobre la librería y muchas más las personas que yo quisiera mencionar aquí, partiendo por el equipo que trabajó conmigo y siguiendo por los amigos. Por lo pronto y por lo breve de esto, gracias a todos.
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- Chile, esa larga y angosta faja de precandidatos.
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- @alecostama no será primera vez que hacen la gracia.
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